A las 7:50 de la mañana de ese sábado, la Policía de Colombia se vistió de luto al perder a uno de sus mejores hombres, pero ese mismo día reclutó a un nuevo guía espiritual. A esa hora, en la Escuela General Santander, de Bogotá, un cadete enfurecido entró a la oficina del mayor Humberto Antonio Castellanos, lo roció con líquido inflamable y le prendió candela.
Sesenta horas más tarde el oficial murió. El entonces director de la Escuela, coronel Ismael Trujillo, un hombre de profunda fe, le preguntó a su jefe de prensa, teniente Silverio Ernesto Suárez Hernández, por qué ocurrían esas cosas y qué se podía hacer.
“Le están apostando a lo que no es. Hay que trabajar es el corazón de los policías”, le respondió el joven oficial bogotano, que ese día sintió el llamado de Dios para convertirse en sacerdote. Y con el apoyo de su superior se fue para el seminario a estudiar teología y filosofía.
Hoy, el padre Silverio o el coronel Suárez, es el capellán de la Escuela de Posgrados (ESPOL). Tranquiliza el corazón de todos los que laboran en el complejo policial donde funcionan la Dirección de Inteligencia (DIPOL), Carabineros, Club Social, Escuela Montada y el colegio San Luis.
Como teniente, había sido jefe de prensa de la Dirección General; como administrador de empresas, trabajó con la Secretaría de Educación de Bogotá, y como periodista, laboró en El Tiempo monitoreando medios y como redactor de planta. Antes de ingresar a ese diario fundó y sostuvo en circulación por tres años su propio periódico: Murmullos, dirigido a estudiantes de bachillerato. “Es un honor ser el guía espiritual de mis compañeros de Institución y de sus familias”.